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2011/07/30

Balleneros en el Cantábrico

En nuestra zona la caza de la ballena se practicaba desde tiempo anteriores a la fundación de nuestras villas costeras, cuyos escudos en muchos casos reflejan esta     vinculación matriz: Biarritz,  Hondarribia, Zarautz, Mutriku, Getaria, Bermeo,   Lemoiz, Lekeitio o Castro Urdiales, poblaciones todas ellas que en rinden pleitesía a través de su heráldica al gran mamífero de los mares.

El investigador Miguel Laburu cita un documento del 670 por el cual los “vascos de Laburdi envían a la abadía de Jumieges, a orillas del Sena, entre Ruan y El Havre, 40 moyos  de sain para el alumbrado”. Y es que, al igual que ahora lo hacen la anchoa y el atún, por nuestras aguas desfilaba cada año en temporada la conocida científicamente como balaena biscayensis, la ballena vasca, que en otoño procedente del Atlántico Norte descendía en busca de las aguas más cálidas del golfo de Bizkaia.
En la confirmación del Fuero de Getaria (1255) por parte del rey Alfonso X,  se recuerda a los moradores de dicha villa que la primera ballena de la temporada (es decir, los beneficios obtenidos de su caza) es para el Rey, aunque a cambio les hace libres del pago de peajes en los caminos de los reinos de León y Castilla, a excepción del paso por las poblaciones de Toledo, Sevilla y Murcia. Ambos extremos fueron asimismo confirmados por los reyes Fernando IV (1302), Alfonso XI (1319), y Pedro I (1351).

Al divisar la ballena, principalmente gracias a su potente sifón, los atalayeros situados en puntos estratégicos de la costa, bien fuera por medio de hogueras o de campanas, daban la voz de alerta.
Se exigía que el atalayero fuese persona de toda satisfacción, quien durante toda la temporada de la ballena residía en la atalaya; su sueldo se abonaba en dos partes: la primera mitad al instalarse en el puesto —es decir, al principio de la temporada— y la segunda finalizada la misma.
A su vez, durante la temporada ballenera los cazadores velaban día y noche a la espera de oír el golpe de campana, con sus lanchas siempre provistas de queso y vino, mantas y ropas de abrigo, amén de armas y utensilios de caza. Las chalupas de Orio, por ejemplo, debían llevar cada una 80 brazas de estachas (unos 146 metros), dos buenos arpones, dos jabalinas grandes, otra pequeña y su “palazón”, y también, claro está, la tripulación necesaria.
La ley no escrita decía que la embarcación que primero llegase ante el cetáceo se llevaba lo mejor en el reparto, y las demás —que solían sumarse al arponeo y arrastre— disfrutaban de menores. Sin embargo no siempre se respetaba esto y a veces surgían roces entre embarcaciones.
Pondremos algunos ejemplos de este reparto: Si fuese un cabrote o ballena de menos de 30 barricas de grasa, a la primera lancha se le daban 3 duc., a la segunda 2 y a las demás un ducado. Si la ballena produjera más de 30 barricas, la proporción ascendía a 4, 3 y 2 duc., respectivamente. Cuando el cetáceo viajara con su cría, quien clavase a ésta el primer arpón se llevaba 6 duc.
Una vez cazada y ya en tierra la ballena, se sacaba a subasta, como el resto de la pesca, que se adjudicaba al mejor postor.
Según las constituciones de la Cofradía de Mareantes de Orio del año 1714, el reparto de la ballena se hacía del siguiente modo: La barba se vendía para y con su importe pagar el vino y el pan de la gente que había participado en su captura, y el salario del “guarda de noche”, a razón de 4 reales de vellón la noche, y de los cortadores o troceadores a 4 reales de plata la jornada. De lo sobrante de la barba, un tercio iba para los dueños de las chalupas y el resto para sus marineros.
El importe de la lengua era siempre para la Cofradía del Apóstol San Pedro, previa subasta pública.9 En cambio, en Getaria el beneficio de la lengua era para la parroquia. El 23 de febrero de 1671 se ponen en subasta dos lenguas, una de madre y otra de cría, que habían matado el día anterior. Las toma Ignacio de Urra, vecino de Orio, en 75 duc.
El importe de la venta se repartía entre los dueños de las chalupas y los marineros en proporción de uno a tres. Una aleta quedaba para el primero que la arponeara y la otra se unía al pago de los gastos indicados al hablar de las barbas. La tripa, que era la parte de menor valor, se entregaba a la gente necesitada de la villa.
En Orio, al menos en los siglos XVI y XVII (y posiblemente desde varios siglos antes), el 1 % de todo lo que se obtenía en la caza de la ballena se entregaba como donativo a la parroquia de San Nicolás.

En las villas había una persona encargada de la venta de la grasa de ballena. Asensio de Yruretagoiena y su mujer Catalina de Echave pujaron en 1711 por el abasto de grasa de ballena a los vecinos de Aia, con una oferta de cuatro cuartos más a lo que entonces se pagaba por azumbre en San Sebastián, más un real de plata.12 En 1789 se pagaba 8 cuartos por cada “chiqui” de grasa de ballena.
El 14 de mayo de 1901 en Orio se capturaba la última ballena de la historia en la costa vasca. Cinco lanchas con 55 hombres al mando de Gregorio Manterola, Manuel Loidi, Eustakio Atxaga, Manuel Olaizola y C. Uranga hicieron la faena, en la que al parecer emplearon viejos arpones y algo de dinamita. En su momento supuso todo un acontecimiento, se expuso el cetáceo cual trofeo de guerra, y en San Sebastián se fletaron trenes especiales para que la gente fuera a verla.

 

Terranova

Cuando en los meses de verano las ballenas en su emigración anual pasaban por nuestras costas, los pacíficos arrantzales se convertían en aguerridos cazadores.
Decía en 1583 el Licenciado Cristóbal López de Zandategui: “...provee (Guipúzcoa) de grasa la mayor parte de España, Francia, Flandes, Inglaterra” y es que está demostrado que durante los siglos XIV y XV nuestra zona fue una auténtica potencia económica, debido a sus dos fuentes principales de riqueza: el hierro con sus minas, ferrerías y armerías, y la grasa de ballena, que a partir del siglo XVI se traía principalmente desde Terranova.
La crisis que más tarde sacudiría a estos dos sectores obligó a la emigración masiva de la fuerza productiva, dejando en cualquier caso una profunda huella en nuestra economía y en nuestra historia.
Cuando empezó a escasear la ballena en las costas del Cantábrico nuestros arponeros se trasladaron en su búsqueda hasta las lejanas aguas de “Tierra Nueva” o Terranova.
Existen evidencias arqueológicas de que los arponeros vascos faenaban en aguas de Canadá al menos desde la primera mitad del siglo XVI, y que cada verano se movilizaban entre 600 y 900 marinos vascos a bordo de barcos de 200 a 700 Tn. pertrechados con alimentos y material para edificar allí sus albergues, regresando meses después con la grasa y el aceite de las ballenas capturadas.
El primer documento sobre Orio que se encuentra en el Archivo de Protocolos de Gipuzkoa en Oñati15corresponde al 22 de abril de 1549 y trata del fletamento del barco “San Nicolás” para partir a Tierra Nueva (Terranova) a la faena del “bacallao y ballena”.16 Allá por 1578 otra nave oriotarra del mismo nombre partió a Terranova desde el puerto de Pasajes llevando una tripulación de 80 hombres, entre pilotos, marinos, carpinteros, calafateros y artilleros.
Estos marinos, así como los constructores de barcos, podían trabajar libremente con quien mejor les pagase, pero no podían servir en naves ni puertos franceses (por lo menos en gran parte del siglo XVII). Oriodenunció en 1584 el incumplimiento de este precepto por parte de marinos guipuzcoanos y vizcaínos, lo que motivó una investigación por parte de las Juntas.17 Y es que, no lo olvidemos, la disputa por el control de los mares tuvo enfrentados durante siglos a las armadas de Francia y España. En 1575, el barco “San Nicolás”—quizás el mismo citado líneas arriba—, del oriotarra Juanes de Urdaide, fue capturado por “franceses y luteranos” cuando estaba pescando bacalao en Terranova.

Dieta durante el viaje la dieta alimenticia se basaba en bizcocho (de “pan-cocho”) o pan cocido: tortas de pan ligeramente horneadas, que terminaban de cocerse en el mismo barco y sidra. En 1575 las Juntas Generales decretaron la inspección en los puertos de todos los barcos con destino a “Tierranoba” para garantizar que llevasen suficientes bastimentos y útiles para la ida y la vuelta, pues había ocurrido que ciertos armadores no habían dotado a las naves de las necesarias provisiones para la subsistencia de las tripulaciones y llenaban las barricas con gran cantidad de material para fabricar más toneles (con vista a un mayor rendimiento de la expedición), desembocando incluso en la muerte de hombres y la pérdida de naos.
Los buques viajaban con las barricas desmontadas, o bien rellenas con bastimentos, y en ellas se cargaba la grasa para el viaje de vuelta. Esta grasa muchas veces se vendía en puertos de fuera del País Vasco, donde con su importe podían adquirir géneros que escasearan en su lugar de origen. Aunque esto último sólo podía hacerse, en principio, previa autorización, o en casos de máxima urgencia (amenaza de naufragio, etc.). De hecho, el 19 de abril de 1584 Orio denunció ante las Juntas de la Provincia reunidas en Zumaia que en “San Juan de Lus y Çubiburu” (San Juan de Luz y Ziburu-Ciboure), en Francia, había más de cincuenta naves grandes para la carrera de Terranova, que cuando vuelven con bacalao y grasa de ballena van a descargar a los muelles de San Sebastián, Pasajes, Castro y Bilbao, y en pinazas a Deba y Motrico, vendiendo cerca de 140.000 duc. cada año, “ya que según las leyes tenían que retornar de estos puertos con la mercancía y en estos casos lo hacían con el dinero”, con el consiguiente peligro de falta de este genero en sus lugares de origen.
Los viajes a Terranova resultaban, además de arriesgados, muy costosos. Una forma de financiar el flete consistía en cobrar por adelantado el género. Por ejemplo, en octubre de 1550 Juanes de Ylumbe recibía 10 duc. de manos del navarro Juanes de Alsasua como garantía de las 50 barricas de aceite de ballena que aquél entregaría “en el arenal y descargadero de Deba” a su regreso de Terranova.
Pero si Terranova era tierra de promisión para las débiles economías de nuestras gentes del mar, también suponía un destino de sacrificios, pagados en ocasiones con la propia vida. Fue el caso de Domingo de Miranda, a principios del siglo XVI, que perdió la vida en aquellas frías aguas, o Juan de Reparaza, en 1577, cuyos hermanos y herederos pugnaron ante la justicia por cobrar las barricas de grasa que como sueldo le correspondía por el que fue su último viaje.


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http://www.whales.org.za/facts/whaling.aspx



The hunting of whales began in prehistoric times dating back to about 6 000 BC. It began with organised fleets in the 17th century, competitive national whaling industries in the 18th and 19th centuries, to the introduction of factory ships and the introduction of the concept of whale ‘harvesting’ in the 20th century. Prehistoric whaling seemed to have a low ecological impact, however, early whaling in the Arctic altered freshwater ecology considerably. Whaling was spurred on by the increase in the demand for whale oil, margarine and whale meat.
The oldest known method of whaling was to drive them ashore by placing a few small boats amongst the animal to frighten them with noise and activity, herding them towards the shore to beach. This method was mostly used for small species, such as the Pilot Whale, Beluga, Porpoise and Narwhal. Next, they used an object called a drogue, such as a wooden drum or inflated sealskin which they tied to an arrow or harpoon, in the hope that the whale would tire enough to be approached and killed. Evidence suggests that this practice began as early as 6000 BC in South Korea. But whaling with drogues was especially practiced by the Ainu, Iniut, Native Americans and people of the Bay of Biscay. Rock carvings have also been unearthed showing several Sperm Whales, Humpback Whales and North Pacific Right Whales being surrounded by boats.
The first European Whalers were the Basques, from the Bay of Biscay. The Right Whale was very common there, and became favoured prey even through to the 18th and 19th centuries, as they were slow swimmers and their bodies floated. But during the 11th century, they found that these whales were very profitable to slaughter once they had beached. They realised the blubber could be used for lighting fuel and the meat could be eaten. These strandings became advantageous, but they eventually started driving them out the water. Basque whaling continued until the start of the Seven Years War in 1756.
This became a highly organised business by the 12th century. They built stone watchtowers and once a whale was sighted, an alarm was sounded and as many as 20 villages would head out after it. They would share the rewards, except for the tongue, which was given to the church as a favoured delicacy. Soon the British and Dutch began whaling. For many years they used Basques as expert whalers on their ships.
Whale oil is scarcely used today, so modern commercial whaling is mainly the hunting of whales for food, as well as for scientific research purposes. The primary species of whale that is hunted is the Common Minke Whale and the Antarctic Minke Whale.
Many countries began joining in whaling, with many species of whales being in danger of extinction. This caused the beginning of the global anti-whaling movement in the 1970’s. The United Nations Conference of the Human Environment at Stockholm adopted a proposal that recommended a ten year moratorium on commercial whaling to allow the whale stocks to recover.


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